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Palmenia Pizarro (o “el regreso del cariño malo”)

 

Texto que forma parte del libro “De Perlas y Cicatrices”, 1998. LOM Ediciones

 
Ocurría entonces que la Palmenia era gusto popular, pero en esos años lo popular era llanto de pobres, drama piojento, valsecito peruano que entonaba la cantante con voz de chola limeña. Y a pesar del menosprecio que tienen los chilenos por la gente del Perú, las canciones de la Palmenia habían clavado hondo en la emoción herida de la miseria barrial, esa estética lagrimera siempre dispuesta a suavizar rasmillones con el goteo entonado de la pena.
 
Por allá, en el revoltijo disquero de los años sesenta, se mezclaban todo tipo de ritmos; desde el eléctrico twist, las vueltas sin parar del rock and roll, el neofolclore político, y el valsecito fatal de la Palmenia. Y para todos los cantos había un público ansioso a la cola de los artistas en los auditorios de las radios, los teatros llenos, y también en las carpas ambulantes que transportaban el show en vivo de la recién estrenada tevé. Ahí, en la medialuna de tablones repletos por el familión pulento, Palmenia era la más querida, la voz del pueblo que cerraba el espectáculo con su “Odiame por piedad yo te lo pido”. Y realmente era una gran figura, empinada sobre el resto de las estrellas que miraban con recelo las ovaciones del público.
 
Ella llegó a Santiago desde San Felipe, y su sencilla apariencia de muchacha nortina, era un contraste frente a todas las chicas yeah-yeah que mascaban chicle para que oliera a menta el tufo de sus primeros cigarros. Algo de ella escapaba de las modas, y la hacía presente tangenciada de otra forma en la amargura inconsolable de un malogrado querer. Algo en su timbre vocal tocaba finamente la desgracia del mal amor, y le repiqueteaba valseado en el rasgueo de su queja. Y esa “nube gris” errada del pentagrama pop que rockeaba ese tiempo, era la Palmenia, la dama morena que junto a su trío de guitarras, integraba esas caravanas de artistas que recorrían el país de norte a sur, alegrando el letargo opaco de la provincia. Eran semanas enteras que debían viajar juntos, comer juntos, dormir juntos, encerrados en el bus zangoloteándose por lejanos pueblos de caminos polvorientos. Caminos tan malos, que más de una vez el bus quedó atascado entre las piedras, y las estrellas tuvieron que caminar kilómetros, mojadas como diucas bajo la lluvia, para llegar al lugar de la actuación. Al parecer, esto se repitió varias veces; que un día un derrumbe, al otro día una inundación, al siguiente el aluvión, después el terremoto. Ala gira próxima un choque, a la otra un asalto, un rosario de desgracias provocado seguramente por la casualidad y la mala leche geográfica del país. Pero no faltó la cantante veleidosa que, sin inmutarse, dijo que la fatalidad viajaba con la Palmenia. Y este pudo ser un comentario sin mayores consecuencias, a no ser por un gordo animador de la tele sabatina, que repitió el chiste hasta el infinito, persignándose y cruzando los dedos cuando alguien nombraba a la inocente Palmenia. Así, el humor perverso que caracteriza a este suelo, le hizo el cartel de yeta a la cantante, que nunca más fue invitada a las giras, y menos a la televisión, donde el gordo ponía trenzas de ajo censurándole la entrada.
 
Pero como “no hay mal que por bien no venga”, la Palmenia cansada de la fama de innombrable que le cerró las puertas de la farándula, agotada de tanta lengua salada diciendo que el nombre Palmenia era como decir culebra en los mitos de la escena, decepcionada con sus compañeros de canto, y sin hacer alarde, se marchó calladamente a México, y por muchos, muchos años, nada se supo de sus rumbos melódicos enamorando orejas con la nota quebrada de su voz.
 
En Chile pasaron los sesenta, llegaron los milicos. Los Huasos Quincheros y Patricia Maldonado se tomaron la tele. Clandestinamente se escuchó el Canto Nuevo y Gloria Simonetti grabó moduladamente a Silvio Rodríguez. Al llegar los noventa se fueron los milicos, y la democracia hizo como que llegó pero nos dejó a todos con los crespos hechos, esperando. Apareció la televisión por cable y la pantalla se abrió al resto del mundo. Vino la mexicomanía y los programas estelares de Raúl Velasco y Verónica Castro ganaron sintonía en el rating nacional. Y ahí recién volvimos a encontrar a nuestra Palmenia, triunfando como reina envuelta de brillos y plumas amarillo limón. Ahí recién recupera mos su imagen, como si no hubiese pasado el tiempo, igual de joven, igual de hermosa con su cascada de pelo azabache y el repiqueteo trizado de su garganta. Y ahí, recién nos dimos cuenta del gran vacío sentimental que en todos esos negros años nos había dejado su ausencia. Y ahora, por supuesto que avalada por la fama internacional, los empresarios chilenos se atrevieron a contratarla como figura invitada de la tele democrática. Y Palmenia, generosamente humilde, le dedicó a todo Chile el “Cariño Malo” de su exiliada humillación.