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El escritor la admiró toda su vida, la llamó “la voz del pueblo”. Ella asegura que espiritualmente están juntos y en la feria del libro le dedicará una canción. Esta es la fraternal relación entre un fan y una estrella.

Publicado en “La Segunda”, viernes 30 de octubre de 2015

 

Él, Pedro Lemebel, era el fan; y ella, Palmenia Pizarro, la estrella. El fan, en los años 70, escuchaba a la estrella en la radio. El fan, marginado por su sexualidad y la pobreza, coreaba entre suspiros el hit popular “Cariño malo”, que Palmenia cantaba quebrando la voz. La estrella, por su parte, ya viajaba desolada por el mundo: tildada de talismán negativo para el espectáculo, difamada sin fundamento, huyó a México. Hizo giras por el mundo con una lágrima en la garganta. Le cantó al amor y a las penas. Dejaba audiencias llorando, aunque se opuso a que la llamaran “cebolla”.
 

Hasta los años 80, el fan y la estrella fueron dos tristes unidos por el ritmo.
 
—Estoy en el pueblo —dijo Pedro en una oportunidad.
 
—Yo canto para el pueblo —declara, hoy, sentada en Providencia, Palmenia, 74 años, figura internacional del bolero.
 
Pedro se tituló de profesor de Arte y, enseguida, fue despedido de dos colegios por sus conductas afeminadas. Palmenia, criada en las cercanías de San Felipe, en El Almendral, luego se radicó en Santiago y otra cantante de éxito, como consejo, le dijo en la oreja: “No digas que eres pobre. Invéntate una historia”.
 
—Pero un día el talento ganó —avisa Palmenia.
 
El talento hizo que Pedro se transformara en un cronista brillante, que ganara premios y lo aplaudieran en América. Y a su vez, ella, la intérprete, retornó a Chile en 1989, llenó todos sus recitales e hizo un disco que en un mes vendió 70 mil copias. Por eso, este encuentro místico que ambos tendrán el 7 de noviembre en la Feria del Libro, cuando la estrella, Palmenia, le cante a Pedro, el fan fallecido hace diez meses, tendrá una emoción especial. Será el punto final de esta melancólica historia de amor entre dos íconos sufridos.
 
—Pedro siempre la amó, Palmenia, ¿lo sabía?
 
—Y yo amo a Pedro.
 
—Pedro le dedicó una crónica: “Palmenia Pizarro (o el regreso del cariño malo)”. Dice que usted es realmente la voz del pueblo…
 
—La leí en alguna oportunidad. Pero lea ese texto, por favor…
 
—¿Segura?
 
—Se lo pido.
 
Y desde una mesa del Café Sebastián empieza, de pronto, esa página de Lemebel escrita en marzo del 2006: “Ocurría entonces que la Palmenia era gusto popular, pero en esos años lo popular era llanto de pobres, drama piojento…”
 
Palmenia asiente con una sonrisa.
 
“…valsesito peruano que entonaba la cantante con voz de chola limeña…”
 
Palmenia no aguanta e interrumpe: “Qué bien retrata ese hombre”.
 
Y ahí le decimos: “Parece que ese hombre fue su fan más inspirado”. Palmenia, con pudor, baja la vista: “Me hubiese encantado tener más pláticas maravillosas con él. Nos conocimos muy poquito”.
 
—¿Se conocieron entonces?
 
Y Palmenia, como en las películas, fija la vista en el horizonte y añade con una sonrisa: “Me estoy acordando. Fue una noche en Bellavista…”.
 
La fiesta de los grandes
 
 

Una noche perdida de principios de los 90, Pedro y un grupo de amigos acuden a un animado bar lésbico en la calle Bombero Núñez. Un bar clandestino, lleno de bohemios y gente atrevida. En un momento estalla la fiesta. Grupos de lesbianas felices suben el volumen de la música y presionan para que todos bailen.
 
—Eeeaa —habría gritado Pedro Lemebel, parcialmente fuera de sí.
 
—Eaaa —habría gritado su amigo, el poeta Sergio Parra.
 
Y en un instante, Pedro Lemebel —que, en ese entonces, ya era un emblema de la literatura, ya había difundido su manifiesto calzando tacos rojos por los pasillos de todas las universidades, ya era una Yegua legendaria—, en mitad de esa explosión de relajo, recibe un codazo.
 
—¡Cacha! —le advierten— ¡Allá está la Palmenia Pizarro!
 
—Corten el leseo —dicen que dijo Pedro, desencajado.
 
Palmenia recuerda que sí estaba en el evento: degustaba, según parece, un sabroso licor de almendras. Había recibido una invitación de parte de la dueña de la Feria del Disco. Le aconsejaron pegarse una vueltita por ese bar sin nombre. Y Palmenia, que pese a estar en sus cincuentas solía sociabilizar con toda gama de individuos, figuraba allí contenta. Al voltear el cuello se topa frente a frente con un cronista que tenía la boca abierta.
 
—Hola, Palmenia. Mi nombre es Pedro Lemebel.
 
—He escuchado de usted, señor poeta. Un placer.
 
Justo en ese momento la cantante es descubierta. Se empieza a escuchar el clamor de los enfiestados: “¡Que cante! ¡Que cante! ¡Que cante!”. Palmenia Pizarro que, tal cual ha dicho, jamás se hace de rogar para donar una emoción, se abre paso y toma un micrófono. Se suelta el vibrante escote y entona “Cariño malo”, mirando a los ojos de Pedro Lemebel. Baja del escenario y, por fin, tras años de admiración solitaria, el fan, Pedro, se funde en los brazos de la estrella.
 
—Él estaba muy emocionado y yo también. Me decía cosas lindas…— recuerda, desde el presente, la cantante.
 
—¿Qué pasó concretamente, Palmenia?
 
—Creo que me dijo que me quería…
 
—¿Cómo respondió usted?
 
—Le dije que su frase me hacía feliz. ¡Y él entonces me invitó a bailar!
 
Lemebel baila una serie de boleros enlazado a la cintura de Palmenia Pizarro. Dos o tres, Palmenia no tiene el dato exacto. Pedro algo le dice en el oído. Palmenia no capta el contenido, sólo sonríe. Por momentos, Pedro parecía un estimulado heterosexual. Al rato una turba los interrumpe. Se despiden con señas, desde lejos, separados por la fiesta.
 
—Yo me habría quedado más rato— opina, ida, Palmenia.
 
Ese fue el único abrazo entre el fan y la estrella. Jamás se volvieron a ver.
 
Cariño bueno

 

Sergio Parra, el poeta, dueño de la librería Metales Pesados y el mejor amigo de Lemebel, piensa que la desgracia los unificó. Pedro empatizó con el rechazo supersticioso que sufrió Palmenia. “Pedro nunca toleró la discriminación y ese sufrimiento que vio en Palmenia lo identificó”, apunta.
 
—Pedro demostró su gran sensibilidad —aporta ahora Palmenia—; los homosexuales, en general, tienen una gran sensibilidad. Y siempre me han adorado, porque yo le canto al sentimiento.
 
Luego pregunta:
 
—¿Puede seguir leyendo la crónica de Pedro, si no es problema?
 
Y la crónica que el escritor hace nueve años dedicara a Palmenia empieza a concluir: “Y ahora, por supuesto que avalada por la fama internacional, los empresarios chilenos se atrevieron a contratarla como figura invitada de la tele democrática. Y Palmenia, generosamente humilde, le dedicó a todo Chile el Cariño Malo de su exiliada humillación”…
 
—Qué precioso escribe Pedro— comenta— ¿Le puedo decir algo?
 
—Por favor…
 
—Este es un momento maravilloso. Nunca pensé que ese gran escritor me tuviera tanto cariño, tan sincero. Pedro contó mi realidad y me hizo poesía.
 
Pedro Lemebel fue feliz escuchando música sensible. Baladas con metáforas desgarradas. “Escuchaba música todo, pero todo el día”, desliza Sergio Parra. Por eso se enamoró de los estribillos de Palmenia Pizarro. Por eso la abrazó estremecido en un bar eufórico.
 
—Pedro y yo vivimos un amor prohibido— concluye la leyenda de los boleros—. Nos prohibió este amor la distancia, la gente que no nos dejó conversar en ese bar. Pero no importa…
 
—¿Por qué no?
 
—Porque ya nos vamos a encontrar y ahí tendremos todas las conversaciones que nos faltaron.
 
—¿Le cantará?
 
—Le cantaré: “Me hiciste renaceer, me diste fe y consuelo, trajiste para mí…cariiiiño buenoooo”.
 
Palmenia Pizarro hace una venia corta y finaliza su participación. Después de tantos años de ser admirada por Lemebel, ha llegado la hora de invertir los roles. Ella, Palmenia, ahora será la fan; y él, Pedro, se convierte en la lejana estrella.